Conferencia sobre Juan Rulfo

5febrero, 2019

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Conferencia sobre Juan Rulfo

Señoras, señores:

Probablemente estamos aquí reunidos porque queremos conocer más sobre Juan Rulfo. Esta conferencia tiene la intención de revivir, junto con otras actividades de este evento, el universo rulfiano.

Con respecto a Rulfo muchas afirmaciones  rebotan por nuestras memorias, suena: en Rulfo está México… renovó las letras mexicanas e hispanoamericanas… es un maestro de la cuentística…  En palabras de Monsivais:

… los lectores suelen ver lo profundamente mexicano de Rulfo en el arraigo a la tierra que es la condena, y en la “declaración de bienes” temáticos: pueblos como especies en vías de extinción, cacicazgos que transforman a la sociedad en familias diezmables, aridez y sequía que condensan la psicología de los lugareños, fatalismo que es optimismo de ultratumba.

Escribió Octavio Paz: Juan Rulfo es el único novelista mexicano que nos ha dado una imagen -no una descripción- de nuestro paisaje…

Jorge Luis Borges: Pedro Páramo es una de las mejores novelas de las literaturas de lengua hispánica, y aun de toda la literatura.

Podría seguir, pero el punto es que todas estas afirmaciones nos ponen alerta, nos llenan de curiosidad y queremos saber el  porqué. Queremos entender por qué Rulfo es un escritor genial. 

Aunque es imposible responder esa pregunta en este espacio, vamos a realizar algunas observaciones que nos permitirán dilucidar aspectos importantes de la poética rulfiana.  Para ello vamos a concentrarnos en la cuentística, en El llano en llamas, y vamos a trabajar sobre tres ejes.

1. La invención del lenguaje.

2. La construcción del fino humor de Juan Rulfo

3. La creación de las atmósferas rulfianas.

Comencemos entonces señalando que Rulfo transformó la literatura mexicana con una obra breve, muy breve.  García Márquez, sabiendo que para Rulfo era una pesadilla que todo el tiempo le preguntasen cuando iba a escribir otra novela, señaló:

A Juan Rulfo se le reprocha mucho que sólo haya escrito Pedro Páramo. Es un error. Para mí los cuentos de Rulfo son tan importantes como su novela Pedro Páramo, que, lo repito, es para mí, si no la mejor, si no la más larga, si no la más importante, sí la más bella de las novelas que se han escrito jamás en lengua castellana. Si yo hubiera escrito Pedro Páramo no me preocuparía ni volvería a escribir nunca en mi vida.

A partir de esta cita, establezcamos que la brevedad no le quita potencia a la literatura de Rulfo porque, como veremos, es un universo no se termina de abarcar.

En cuanto al contexto de producción, en determinado aspecto el contexto de Rulfo es claro:

Su obra se desarrolla en Jalisco, en el sureste, desde el Lago de Chapala hasta la frontera con Colima y Michoacán.  El tiempo de la acción va desde 1910, el año de la revolución mexicana, y se extiende a lo largo de cuatro décadas, abarcando la guerra cristera, el otro fenómeno político-económico-social que atraviesa su obra.

Es en este contexto entonces donde aparece esa narrativa poética, innovadora, no lineal, con una estructura experimental,  y otros rasgos que postulan a Rulfo como uno de los precursores más claros (aunque siempre discutible) del boom de la literatura latinoamericana, para muchos el mejor escritor mexicano, por encima del autor premiado con el nobel,  Octavio Paz.   

El llano en llamas es una colección de 17 cuentos que han sido leídos, interpretados, desde diferentes puntos que podemos imaginar como el recorrido de un péndulo, en cuyos extremos habría que situar a los cuentos como meros ejercicios para aproximarse  a la novela (postura que el propio Rulfo sostuvo) y/o como obras maestras de la cuentística hispanoamericana. En esta conferencia, argumentaré sobre la segunda postura. Aunque la intención del autor haya sido prepararse para sus novelas, esos ejercicios de preparación constituyen obras maestras.

La temática en Rulfo es trabajada de manera compleja, su técnica de escritura le permite presentar un tema concreto y explotarlo desde diferentes perspectivas que coexisten en tensión: psicológica, religiosa,  sociológica, política, económica, cultural… siempre circunscripto a lo real y concreto como la revolución y  la guerra cristera, las consecuencias de la  reforma agraria, la emigración. 

En Nos han dado la tierra Rulfo construye la idea de injusticia, señala el abuso de unos sobre otros, de los poderosos sobre los cada vez más marginados como consecuencia de la reforma agraria. Y ellos se van, “desperdigándose”, siguen caminando hacia la tierra infértil donde no hay posibilidades de sobrevivir.  Pero es la resignación de los personajes lo que nos deja impávidos, porque  en ese lugar concreto, el llano,  no se puede hablar,  no hay posibilidad de hacer lo que es propio del hombre:

No decimos lo que pensamos. Hace ya tiempo que se nos acabaron las ganas de hablar. Se nos acabaron con el calor. Uno platicaría muy a gusto en otra parte, pero aquí cuesta trabajo. Uno platica aquí y las palabras se calientan en la boca con el calor de afuera, y se le resecan a uno en la lengua hasta que acaban con el resuello. Aquí así son las cosas.

Hay deambular en los personajes de Rulfo, fatalismo, culpa. Hay abandono y desamparo. En Es que somos muy pobres se vive la pobreza, los lectores podemos conmovernos con las tristes circunstancias, pero si damos otra vuelta de tuerca, vemos que Rulfo postula que no tiene posibilidad de vivir con dignidad, quien no tiene nada: sin su vaca, Tacha va a la perdición, solo le queda ser piruja como sus hermanas:

Yo la abrazo tratando de consolarla, pero ella no entiende. Llora con más ganas. De su boca sale un ruido semejante al que se arrastra por las orillas del río, que la hace temblar y sacudirse todita, y, mientras, la creciente sigue subiendo. El sabor a podrido que viene de allá salpica la cara mojada de Tacha y los dos pechitos de ella se mueven de arriba abajo, sin parar, como si de repente comenzaran a hincharse para empezar a trabajar por su perdición.

De aquí la importancia de analizar el sistema de ideas que postula Rulfo en EL llano en llamas. Por ejemplo, la idea de justicia que postula en Diles que no me maten:

Aquel asunto de cuando tuvo que matar a don Lupe. No nada más por nomás, como quisieron hacerle ver los de Alima, sino porque tuvo sus razones. Él se acordaba…

La realidad es cruda, hay muerte, hay venganza, hay deseos de vivir. En este cuento aborda el problema del hombre con la naturaleza, la necesidad del agua; del hombre con el hombre, cómo se reparten los recursos: y del hombre consigo mismo, tiene que matar a Don Lupe. En estos términos se postula una compleja idea de justicia.

La idea de religión está creada  desde la interpretación de los personajes, alguien la llamó con acierto “religión mestiza”. En Anacleto Morones, con humor y sarcasmo, aparece la figura del niño Anacleto, un estafador  que tenía la maña de “hacerse velar el sueño” por diferentes mujeres, de preferencia muy jovencitas; que embaraza a su hija biológica. El sarcasmo radica en que las mismas mujeres que lo consideran santo saben lo que en realidad es y eso no impide que lo quieran canonizar. La doble moral se devela al final:

Después ella me dijo, ya de madrugada:
—Eres una calamidad, Lucas Lucatero. No eres nada cariñoso. ¿Sabes quién sí era amoroso con una?
—¿Quién?
—El Niño Anacleto. El sí que sabía hacer el amor.
 

Hasta aquí EL llano en llamas en términos generales, ahora comenzamos con tres ejes específicos.

I Algunas observaciones sobre el efecto de oralidad

Rulfo fue aceptado inmediatamente. Su escritura impactó, por eso poco peso tuvo la reacción negativa, que la hubo,  a la obra de Rulfo, principalmente a la novela. Me refiero, con lo de negativo,  a quienes no lo entendieron, no comprendieron la nueva poética y creyeron simplemente que Rulfo no sabía estructurar un texto, no sabía expresarse correctamente: no sabía escribir y que otros lo hicieron por él. Pero, al mismo tiempo, cantidad de lectores, escritores y críticos ensalzaron la obra rulfiana. Con el tiempo, han pasado más de 100 años, Rulfo ha sido leído desde diversas ópticas y se ha enriquecido la interpretación de su obra. La crítica se ha complejizado. Ya no se lee a Rulfo como un escritor regionalista sino como universal. Prueba de ellos es que el propio Fuentes analiza los mitos en la obra de Rulfo, realiza asociaciones con la literatura homérica y con la tragedia griega. Y, por otro lado, Walker examina las huellas prehispánicas en la misma obra de Rulfo, asociando mitos aztecas en la simbología de los cuentos, en el habla de los personajes,  y en la construcción de la religión “mestiza”.

Cito a Carlos Fuentes:

No sé si se ha advertido el uso sutil que Rulfo hace de los grandes mitos universales en Pedro Páramo. Su arte es tal, que la trasposición no es tal: la imaginación mítica renace en el suelo mexicano y cobra, por fortuna, un vuelo sin prestigio. Pero ese joven que inicia la odisea en busca de un padre perdido, ese arriero que lleva a Juan Preciado a la otra orilla, la muerta, de un río de polvo, esa voz de la madre y amante, Yocasta-Eurídice, que conduce al hijo y amante, Edipo-Orfeo, por los caminos del infierno, esa pareja de hermanos edénicos y adánicos que duermen juntos en el lodo para iniciar otra vez la estirpe humana en el desierto de Comala, esas viejas virgilianas—Eduviges, Damiana, la Cuarraca—, fantasmas de fantasmas que contemplan sus propios fantasmas, esa Susana San Juan, Electra al revés, el propio Pedro Páramo, Ulises fijo de piedra y barro… todo este trasfondo mítico permite a Juan Rulfo trazar la ambigüedad humana de un cacique, sus mujeres, sus pistoleros y sus víctimas y, a través de ellos, incorporar la temática del campo y la Revolución mexicanos a un contexto universal.

Cito ahora a Enrique Pulpo Walker:

Creo que gran parte del simbolismo mágico rulfiano enlaza directamente con el ritualismo y las creencias de los prehispanos, dicho de otra manera, se pueden explicar sus símbolos mucho mejor con la tradición azteca en la mano que con la occidental y cristiana.

Las múltiples lecturas son posibles debido al uso sígnico que hace de las palabras. No son casuales los nombres en la obra de Rulfo, no es casual que Pedro, signifique piedra. Páramo, es un apellido pero también es la metáfora de la desolación. El mismo uso sígnico aparece en la cuentística.

Quizás lo más complejo en la obra rulfiana sea el análisis semiológico del lenguaje de los narradores y personajes, que lejos está de ser, simplemente, el habla de la gente de campo, aunque eso parece a simple vista. Y es ahí donde vamos a trabajar ahora: en ese juego entre apariencia e invención, o apariencia y artificio.  La apariencia se debe a la incorporación del léxico y de los giros lingüísticos del habla de la gente de campo. Pero a este uso, magistral por parte de Rulfo, hay que añadirle lo que la crítica llama la invención de Rulfo, o sea, el artificio que develamos en: la precisión del lenguaje, la comprensión honda de la realidad, los silencios, la poesía y la filosofía, porque son filósofos los personajes de Rulfo.

Cito a  José Antonio Neri Tello:   

“En la obra de Rulfo se encuentran construcciones artificiosas que lograron engañar a todos los lectores de su época y posteriores, quienes creyeron fielmente en la narrativa del autor y en la invención de la lengua… lo interesante de Juan Rulfo es que logra engañar a los lectores de su tiempo y de tiempos posteriores de que así habla la gente en los ranchos de Jalisco, de norte a sur de Jalisco la gente no habla así, la gente habla mucho más descuidadamente. Juan Rulfo inventa el lenguaje pueblerino de México, no solamente jalisciense, puedes imaginarte un campesino de Chiapas o un campesino del norte hablando más o menos igual, no hablan así y nos hace creer que así habla la gente del pueblo.”

Pensemos que no solo se creyó que así hablaba la gente de campo sino que muchos escritores imitaron esa forma, hicieron hablar a sus personajes campesinos a la manera de Rulfo, con la precisión del lenguaje que no usa ni una palabra de menos ni una de más, con el ritmo, con la claridad del mensaje.

Rulfo tenía más que presente la importancia del lenguaje en la construcción del cuento. Cito:

Considero que hay tres pasos: el primero de ellos es crear el personaje, el segundo crear el ambiente donde ese personaje se va a mover y el tercero es cómo va a hablar ese personaje, cómo se va a expresar. Esos tres puntos de apoyo son todo lo que se requiere para contar una historia.

Pero ¿qué hay en esa forma de habla? Rulfo construye lo que podemos llamar: un efecto de oralidad, que oculta la complejidad. Los narradores/personajes logran expresar lo más complejo de la existencia humana  con las palabras más simples, las del hombre de campo. En eso consiste el efecto de realidad. En ese efecto se inscribe lo verosímil, lo creíble; es la apariencia la que hace que creamos en las palabras de los personajes, por eso creemos en el niño en Es que somos muy pobres y nos enternecemos cuando nos dice que quien no va a querer a su hermana tacha aunque más no sea porque tiene esa vaca con unos ojos tan bonitos. Le creemos a Macario. Creemos en la memoria de Melitón.

Veamos un breve ejemplo:

Me acuerdo que eso pasó allá por octubre, a la altura de las fiestas de Zapotlán. Y digo que me acuerdo que fue por esos días, porque en Zapotlán estaban quemando cohetes, mientras que por el rumbo donde tiré a Remigio se levantaba una gran parvada de zopilotes a cada tronido que daban los cohetes.  De eso me acuerdo.

Develemos el artificio que usa Rulfo para que nos creamos eso que cuenta el personaje. Primero, analicemos el peso de la figura de la repetición, abre y cierra un ciclo: comienza con “me acuerdo que” y termina afirmando “de eso me acuerdo”. Está tan magistralmente construido que hasta nos parece ver al hombre recordando. Lo que tenemos en el medio de esta estructura cíclica, argumentativamente, es una demostración del tiempo de los sucesos narrados. La inversión: le resta importancia al hecho más impactante porque lo trata como si fuera una circunstancia, a partir de un circunstancial de lugar nos dice: por el rumbo donde tiré a Remigio, y luego viene una imagen poética, la de los zopilotes que levantan vuelo cada vez que truena un cuete porque se están devorando el cuerpo de Remigio, pero eso está implícito. Esa aceptación de los sucesos, sin drama, sin trauma psicológico es una marca notable de los personajes de Rulfo.

Considerando este efecto de oralidad del que hablamos, vamos a apreciar una escenificación de un fragmento del cuento La cuesta de las comadres. Originalmente publicado en la revista América Nº 55,  en febrero, 1948. 

El narrador cuenta  la breve vida y abandono del ejido La cuesta de las comadres en estrecha relación con la muerte de los hermanos Torricos, caciques de las tierras que se habían repartido pero que ellos se apropiaron: “A pesar de eso, la Cuesta de las Comadres era de los Torricos.”  

“A Remigio Torrico yo lo maté (…)

Esto sucedió como en octubre. Me acuerdo que había una luna muy grande y muy llena de luz, porque yo me senté afuerita de mi casa a remendar un costal todo agujerado, aprovechando la buena luz de la luna, cuando llegó el Torrico.

Ha de haber andado borracho. Se me puso enfrente y se bamboleaba de un lado para otro, tapándome y destapándome la luz que yo necesitaba de la luna.

Supe cómo me echaba a mí la culpa de haber matado a su hermano. Pero no había sido yo. Me acordaba quién había sido, y yo se lo hubiera dicho, aunque parecía que él no me dejaría lugar para platicarle cómo estaban las cosas.

Yo sacudí la cabeza para decirle que no, que yo no tenía nada que ver…

(…)

La luna grande de octubre pegaba de lleno sobre el corral y mandaba hasta la pared de mi casa la sombra larga de Remigio. Lo vi que se movía en dirección de un tejocote y que agarraba el guango que yo siempre tenía recargado allí. Luego vi que regresaba con el guango en la mano.

Pero al quitarse él de enfrente, la luz de la luna hizo brillar la aguja de arria, que yo había clavado en el costal. Y no sé por qué, pero de pronto comencé a tener una fe muy grande en aquella aguja. Por eso, al pasar Remigio Torrico por mi lado, desensarté la aguja y sin esperar otra cosa se la hundí a él cerquita del ombligo. Se la hundí hasta donde le cupo. Y allí la dejé.

Luego luego se engarruñó como cuando da el cólico y comenzó a acalambrarse hasta doblarse poco a poco sobre las corvas y quedar sentado en el suelo, todo entelerido y con el susto asomándosele por el ojo.

Por un momento pareció como que se iba a enderezar para darme un machetazo con el guango; pero seguro se arrepintió o no supo ya qué hacer, soltó el guango y volvió a engarruñarse. Nada más eso hizo.

Entonces vi que se le iba entristeciendo la mirada como si comenzara a sentirse enfermo. Hacía mucho que no me tocaba ver una mirada así de triste y me entró la lástima. Por eso aproveché para sacarle la aguja de arria del ombligo y metérsela más arribita, allí donde pensé que tendría el corazón. Y sí, allí lo tenía, porque nomás dio dos o tres respingos como un pollo descabezado y luego se quedó quieto.

Ya debía haber estado muerto cuando le dije:

—Mira, Remigio, me has de dispensar, pero yo no maté a Odilón. Fueron los Alcaraces. Yo andaba por allí cuando él se murió, pero me acuerdo bien de que yo no lo maté. Fueron ellos, toda la familia entera de los Alcaraces. Se le dejaron ir encima, y cuando yo me di cuenta, Odilón estaba agonizando. Y sabes por qué? Comenzando porque Odilón no debía haber ido a Zapotlán. Eso tú lo sabes. Tarde o temprano tenía que pasarle algo en ese pueblo, donde había tantos que se acordaban mucho de él. Y tampoco los Alcaraces lo querían. Ni tú ni yo podemos saber qué fue a hacer él a meterse con ellos.

«Fue cosa de un de repente. Yo acababa de comprar mi sarape y ya iba de salida cuando tu hermano le escupió un trago de mezcal en la cara a uno de los Alcaraces. El lo hizo por jugar. Se veía que lo había hecho por divertirse, porque los hizo reír a todos. Pero todos estaban borrachos. Odilón y los Alcaraces y todos. Y de pronto se le echaron encima. Sacaron sus cuchillos y se le apeñuscaron y lo aporrearon hasta no dejar de Odilón cosa que sirviera. De eso murió.

»Como ves, no fui yo el que lo mató. Quisiera que te dieras cabal cuenta de que yo no me entrometí para nada.»

Eso le dije al difunto Remigio.

Ya la luna se había metido del otro lado de los encinos cuando yo regresé a la Cuesta de las Comadres con la canasta pizcadora vacía. Antes de volverla a guardar, le di unas cuantas zambullidas en el arroyo para que se le enjuagara la sangre. Yo la iba a necesitar muy seguido y no me hubiera gustado ver la sangre de Remigio a cada rato.

Me acuerdo que eso pasó allá por octubre, a la altura de las fiestas de Zapotlán. Y digo que me acuerdo que fue por esos días, porque en Zapotlán estaban quemando cohetes, mientras que por el rumbo donde tiré a Remigio se levantaba una gran parvada de zopilotes a cada tronido que daban los cohetes.

De eso me acuerdo.

II. Un acercamiento al humor en El llano en llamas

Analizar lo cómico en Rulfo suele resultar un tanto extraño, no es un rasgo tan evidente como otros de su cuentística y definitivamente no es lo primero que se nos viene a la cabeza al pensar, por ejemplo, en Talpa o El hombre.

Hay que prestar atención a las formas que toma lo cómico en la literatura. A veces es difícil captar el fino humor de ciertos escritores porque en literatura lo cómico no tiene que ver con contar chistes, para muchos la forma menos inteligente de lo cómico, sino que aparecen la ironía, el sarcasmo, que requieren cierta competencia para decodificar lo que en verdad se dar a entender. Con más claridad identificamos la caricatura, lo grotesco, lo ridículo. Pero, hay géneros o especies, como la parodia o la sátira, que tienen toda la intención de provocar la risa.

Pensemos en Rulfo. José Edwuars sostiene que Rulfo es un escritor discreto en su forma de ser, en el uso de los recursos literarios y que también lo es en el tratamiento de lo cómico. Señala que el humor está de manera irónica y sutil:

Con Rulfo no se puede reír a carcajadas, como con Cervantes o con Rabelais, pero se puede sonreír casi todo el tiempo, que es más humano.

En general el humor es sutil en toda la obra. Lo cómico es una herramienta, en manos de Rulfo, que más que provocar la risa, busca mostrar lo que se esconde detrás de la apariencia, de la ineptitud, de la doble moral. En Es que somos muy pobres el humor es sutil. No lo es en Anacleto Morones, donde el humor negro y el sarcasmo tienen una presencia esencial.

El día del derrumbe tampoco es sutil, el cuento es una sátira política que arranca carcajadas. Pero sutil o no, lo cómico sigue siendo una herramienta con la que Rulfo nos interpela, nos hace reír pero, cuando lo racionalizamos, resulta más trágico que cómico.  Hay cierto acuerdo en que Rulfo, en este cuento, se refiere al terrible terremoto que devastó Colima en 1932. Se trata de un hecho concreto que se universaliza, en la construcción del cuento, y funciona como un paradigma de la política mexicana. 

Cuando sostengo que el cuento nos interpela quiero decir que, de alguna manera, nos pregunta: ¿De qué nos reímos? Vamos a tratar de ahondar en eso.

El cuento comienza narrando que unos días después del terremoto, llega el gobernador con su séquito para prestar ayuda a los damnificados. En esta introducción, el narrador construye a su ayudante, Melitón, como un gran memorioso porque le pregunta detalles que Melitón recuerda, tanto es así que luego, cuando avancemos en el relato, no tendremos dudas de que Melitón recuerda el discurso del gobernador exactamente como fue.

El narrador nos cuenta:

Todos ustedes saben que nomás con que se presente el gobernador, con tal de que la gente lo mire, todo se queda arreglado  En viniendo él, todo se arregla, y la gente, aunque se le haya caído la casa encima, queda muy contento con haberlo conocido.

Hay una crítica, sutil, a la gente porque no es exigente, no reclama, se conforma simplemente con la presencia de la autoridad. La gran ironía radica en que, en rigor, nada queda arreglado, el desastre del derrumbe no se arregla con la mera presencia de los gobernantes. Las expresiones como “en viniendo él” nos hacen reír porque no esperamos esos términos.

Traía geólogo y gente conocedora, no crean ustedes que venía soloEstuvieron un día y en cuanto se les hizo de noche se fueron, si no, quién sabe hasta qué alturas hubiéramos salido desfalcados.

Es cómico el contraste entre forma y contenido, por más geólogos o conocedores de la situación que sean (forma) de qué sirven si no hacen nada más que gastar los recursos de la gente (contenido). Al describir a los acompañantes refuerza la farsa.

La gente estaba que se le reventaba el pescuezo de tanto estirarlo para poder ver al gobernador y haciendo comentarios de cómo se había comido el guajolote y de que si había chupado los huesos, y de cómo era de rápido para levantar una tortilla tras otra.

Insiste Rulfo en señalar que la gente solo presta atención a nimiedades, lo cual es cómico porque es mundano. La construcción del gobernador da risa por el contraste entre lo que se espera de una figura tan importante, solemne,  y la simpleza del gobernador que no muestra más que capacidades mundanas:

Y él tan tranquilo, tan serio, limpiándose las manos en los calcetines para no ensuciar la servilleta.

Tenemos aquí una alta ironía: sabemos que se limpia en los calcetines porque no tiene modales, no porque no quiera ensuciar las servilletas.

No cabe duda que se sentía feliz porque su pueblo era feliz… La cosa es que aquello, en lugar de ser una visita a los dolientes y a los que habían perdido sus casas, se convirtió en una borrachera de las buenas… 

El narrador, tras la máscara de inocente, devela la inoperancia del sistema político: en lugar de ayudar agarran la borrachera. El gobernador nunca aparece como un líder, como un ejemplo, no hay nada loable en él. Pero Rulfo va más allá y lo construye como un cobarde porque  se queda inmóvil del miedo cuando ve aparecer el borracho con un arma, pero cuando “lo bajan de un botellazo”, fuera de peligro, actúa con un léxico muy distinguido: “Encárgate de él y toma nota de que queda desautorizado a portar armas.” Y el otro contestó: “Sí, mi general.”

Veamos otros aspectos que provocan risa:

Y hasta entonces supimos que era la estatua de Juárez, pues nunca nadie nos había podido decir quién era el individuo que estaba encaramado en el monumento aquel

Nos da risa el contraste entre la ignorancia de la gente con respecto a algo tan importante, patrióticamente hablando, pero, fundamentalmente, se pone de relieve el abandono del pueblo con respecto a la vida cívica porque “nadie pudo decirles”.

El discurso político es cómico de principio a fin porque es totalmente inadecuado. La gente no sabe de qué habla el gobernador, pero ni siquiera el gobernador sabe de lo que habla porque gran parte de lo que dice no tiene sentido: “ tradujérase en beneficio colectivo y no en subjuntivo, ni participio de una familia genérica de ciudadanos…  concurrimos en el auxilio, no con el deseo neroniano de gozarnos en la desgracia ajena

Los referentes cultos, como esfuerzos neronianos,  son inadecuados. Llega al paroxismo, a la exageración total de la situación porque el discurso es tan inentendible para el pueblo que ni siquiera se identifican como las víctimas:

“Oye, Melitón, ¿por cuáles víctimas pidió él que todos nos asilenciáramos?”
—Por las del efipoco.
—Bueno, pues por ésas.”

Como conclusión, podemos ver que Rulfo construye lo cómico valiéndose de la ironía, el paroxismo, de diversas formas de contraste y, desde lo cómico, postula una fuerte y aguda crítica al sistema político.

Lo cómico permite desembarazarse de responsabilidades, amplía la libertad de expresión y provoca, porque dice lo que en otros contextos no puede ser dicho. Muchos años después de haber escrito estos cuentos, el 24 de noviembre de 1980, Rulfo soltó una frase que se hizo famosa: no hay coronel que resista un cañonazo de 50 mil pesos.  López Portillo lo acusó de haber calumniado al ejército y el escritor tuvo que dar una entrevista para deshacer “tan desagradable confusión”,  entrevista que resonó a “yo, Sor Juana Inés, la peor de todas”.

Pasemos ahora a la escenificación de este cuento que fue agregado a la colección de los quince primeros cuentos de El llano en llamas:

Fragmento del día del derrumbe

—Bueno, como les estaba diciendo, en septiembre del año pasado, un poquito después de los temblores cayó por aquí el gobernador para ver como nos había tratado el terremoto. Traía geólogo y gente conocedora, no crean ustedes que venía solo. Oye, Melitón, ¿como cuánto dinero nos costó darles de comer a los acompañantes del gobernador?
        —Algo así como cuatro mil pesos.
        —Y eso que nomás estuvieron un día y en cuanto se les hizo de noche se fueron, si no, quién sabe hasta qué alturas hubiéramos salido desfalcados, aunque eso sí, estuvimos muy contentos: la gente estaba que se le reventaba el pescuezo de tanto estirarlo para poder ver al gobernador y haciendo comentarios de cómo se había comido el guajolote y de que si había chupado los huesos, y de cómo era de rápido para levantar una tortilla tras otra rociándolas con salsa de guacamole; en todo se fijaron. Y él tan tranquilo, tan serio, limpiándose las manos en los calcetines para no ensuciar la servilleta, que sólo le sirvió para espolvorearse de vez en vez los bigotes. Y después cuando el ponche de granadas se les subió a la cabeza, comenzaron a cantar todos en coro. Oye, Melitón ¿cuál fue la canción esa que estuvieron repite y repite como disco rayado?
        —Fue una que decía: “No sabes del alma las horas de luto.”
        —Eres bueno para eso de la memoria Melitón, no cabe duda. Sí fue ésa. Y el gobernador nomás reía; pidió saber dónde estaba el cuarto de baño. Luego se sentó nuevamente en su lugar, olió los claveles que estaban sobre la mesa. Miraba a los que cantaban, y movía la cabeza, llevando el compás, sonriendo. No cabe duda que se sentía feliz porque su pueblo era feliz, hasta se le podía adivinar el pensamiento. Y a la hora de los discursos se paró uno de sus acompañantes, que tenía la cara alzada un poco borneada a la izquierda. Y habló. Y no cabe duda de que se las traía. Hablo de Juárez, que nosotros teníamos levantado en la plaza, y hasta entonces supimos que era la estatua de Juárez, pues nunca nadie nos había podido decir quién era el individuo que estaba encaramado en el monumento aquel. Siempre creímos que podía ser Hidalgo o Morelos Venustiano Carranza, porque en cada aniversario de cualquiera de ellos, allí les hacíamos su función. Hasta que el catrincito aquel nos vino a decir que se trataba de don Benito Juárez. ¡Y las cosas que dijo! , ¿No es verdad, Melitón? Tú que tienes tan buena memoria te has de acordar bien de lo que recitó aquel fulano.
        —Me acuerdo muy bien; pero ya lo he repetido tantas veces que hasta resulta enfadoso.
        —Bueno, no es necesario. Sólo que estos señores se pierden de algo bueno. Ya les dirás mejor lo que dijo el gobernador.
        “La cosa es que aquello, en lugar de ser una visita a los dolientes y a los que habían perdido sus casas, se convirtió en una borrachera de las buenas. Y ya no se diga cuando entró al pueblo la música de Tepec, que llegó retrasada por eso de que todos los camiones se habían ocupado en el acarreo de la gente del gobernador y los músicos tuvieron que venirse a pie; pero llegaron. Entraron sonándole duro al arpa y a la tambora, haciendo tatachum, chum, chum, con los platillos, arreándole fuerte y con ganas al Zopilote Mojado. Aquello estaba de haberse visto, hasta el gobernador se quitó el saco y se desabrochó la corbata, y la cosa siguió de refilón. Trajeron más damajuanas de ponche y se dieron prisa en tatemar más carne de venado, porque aunque ustedes no lo quieran creer y ellos no se dieran cuenta, estaban comiendo carne de venado, del que por aquí abunda. Nosotros nos reíamos cuando decían que estaba muy buena la barbacoa, ¿o no, Melitón?, cuando por aquí no sabemos ni lo que es eso de barbacoa. Lo cierto es que apenas les servíamos un plato y ya querían otro y ni modo, allí estábamos para servirlos; porque como dijo Liborio, el administrador del Timbre, que entre paréntesis siempre fue muy agarrado: ‘No importa que esta recepción nos cueste lo que nos cueste que para algo ha de servir el dinero’, y luego tú, Melitón, que por ese tiempo eras presidente municipal, y que hasta te desconocí cuando dijiste: ‘Que se chorrié el ponche, una visita de éstas no se desmerece.’ Y sí se chorrió el ponche, ésa es la pura verdad; hasta los manteles estaban colorados. Y la gente aquella que parecía no tener llenadero. Sólo me fijé que el gobernador no se movía de su sitio; que no estiraba ni la mano, sino que sólo se comía y bebía lo que le arrimaban; pero la bola de lambiscones se desvivían por tenerle la mesa tan llena que hasta ya no cabía ni el salero que él tenía en la mano y que cuando lo desocupaba se lo metía en la bolsa de la camisa. Hasta yo fui a decirle: ‘¿No gusta sal mi general?’, y él me enseñó riendo el salero que tenía en la bolsa de la camisa, por eso me di cuenta.
        “Lo grande estuvo cuando él comenzó a hablar. Se nos enchinó; el pellejo a todos de la pura emoción. Se fue enderezando, despacio, muy despacio, hasta que lo vimos echar la silla hacia atrás con el pie; poner sus manos en la mesa; agachar la cabeza como si fuera a agarrar vuelo y luego su tos, que nos puso a todos en silencio. ¿Qué fue lo que dijo, Melitón?
        “—Conciudadanos —dijo—. Rememorando mi trayectoria, vivificando el único proceder de mis promesas. Ante esta tierra que visité como anónimo compañero de un candidato a la Presidencia, cooperador omnímodo de un hombre representativo, cuya honradez no ha estado nunca desligada del contexto de sus manifestaciones políticas y que sí, en cambio, es firme glosa de principios democráticos en el supremo vínculo de unión con el pueblo, aunando a la austeridad de que ha dado muestras la síntesis evidente de idealismo revolucionario nunca hasta ahora pleno de realizaciones y de certidumbre.”
        — Allí hubo aplausos, ¿o no, Melitón?
        —Si muchos aplausos. Después siguió:
        “—Mi trazo es el mismo; conciudadanos. Fui parco en promesas como candidato, optando por prometer lo que únicamente podía cumplir y que al cristalizar, tradujérase en beneficio colectivo y no en subjuntivo, ni participio de una familia genérica de ciudadanos. Hoy estamos aquí presentes, en este caso paradojal de la naturaleza, no previsto dentro de mi programa de gobierno…”
        “—¡Exacto, mi general! —gritó uno de por allá—. ¡Exacto! Usted lo ha dicho.”
        “…—En este caso, digo, cuando la naturaleza nos ha castigado, nuestra presencia receptiva en el centro del epicentro telúrico que ha devastado hogares que podían haber sido los nuestros, que son los nuestros; concurrimos en el auxilio, no con el deseo neroniano de gozarnos en la desgracia ajena, más aún, inminentemente dispuestos a utilizar muníficamente nuestro esfuerzo en la reconstrucción de los hogares destruidos hermanalmente dispuestos en los consuelos de los hogares menoscabados por la muerte. Este lugar que yo visité hace años, lejano entoces a toda ambición de poder, antaño feliz, hogaño enlutecido, me duele. Sí, conciudadanos, me laceran las heridas de los vivos por sus bienes perdidos y la clamante dolencia de los seres por sus muertos insepultos bajo estos escombros que estamos presenciado.”
        —Allí también hubo aplausos, ¿verdad, Melitón?

III Acerca de las atmósferas rulfianas: entre la vida y la muerte

Cuando hablamos de atmósferas en literatura, nos referimos al ambiente que rodea el texto. La atmósfera es el vapor de la tierra y metafóricamente es el vapor que envuelve un relato, es el clima en que se desenvuelve la historia. La atmósfera es funcional en los cuentos; en un cuento de terror sonarán, por ejemplo, pasos en la oscuridad. Pero en Rulfo la atmósfera adquiere un valor especial, que trasciende este aspecto del cuento. La atmósfera es para Rulfo una herramienta de cohesión entre trama, personajes, estructura, contexto y, fundamentalmente, el tono y la construcción de la tensión del cuento.

Para ahondar sobre las atmósferas rulfianas, el cuento Luvina nos interesa en diferentes sentidos.

En primer término nos interesa Luvina porque es el puente que nos lleva de EL llano en llamas a Pedro Páramo. Con palabras de Rulfo:

Yo andaba con Pedro Páramo en mi cabeza, buscando darle forma, escribiendo mis cuentos, hasta que aquel profesor se va a un pueblo desértico, abandonado, y le cuenta a otro profesor, que va a sustituirlo, lo que es aquello, y toma cerveza -el otro no toma nada- hasta caerse borracho. Aquella era la atmósfera. “Luvina” me dio la clave de Pedro Páramo.

Pero estas atmósferas superan, con mucho, el clima de la historia, Rulfo las siente como metáforas de la realidad concreta: 

Luvina y Comala son sencillamente el frente y el revés de la misma realidad. Si en la primera encontramos a sus pobladores vivos, a pesar de sobrevivir agarrados apenas con las uñas a la desesperanza, en Comala todos sus habitantes están muertos. San Juan Luvina es el purgatorio, Comala es el infierno.

Luvina, que representa la desesperanza, es más que un lugar ubicado en un espacio y tiempo precisos, es, de alguna manera, todos los lugares. Seguimos con palabras de Rulfo:

El hecho de «Luvina» es casi general en todo el país; hay pueblos miserables y regiones donde no hay esperanza de esperanza. De manera que en «Luvina» tenía ya ciertos antecedentes para fijar los inicios de Pedro Páramo. «Luvina» fue más bien un ejercicio para entrar en un mundo un poco así, sombrío, siniestro más bien, con la atmósfera rara de Pedro Páramo. «Luvina» para mí era importante, porque «Luvina», que se escribe Loobina, significa la raíz de la miseria. 

Estas atmósferas, que el propio Rulfo define como realistas, contienen una clara la presencia de lo onírico. A Julio Ortega, Rulfo le contó la siguiente historia:

“Un día llegué de noche a un pueblo. En el centro había un árbol. Cuando me encontré en medio de la plaza, me di cuenta de que aquel pueblo, en apariencia fantasma, en realidad estaba habitado. Me rodearon y se fueron acercando hasta que me amarraron a un árbol y se fueron. Pasé toda la noche ahí. Aunque estaba algo perplejo, no estaba asustado pues ni siquiera tenía ánimo para ello. Amaneció y poco a poco aparecieron los mismos que me habían amarrado. Me soltaron y me dijeron: «Te amarramos porque cuando llegaste vimos que se te había perdido el alma, que tu alma te andaba buscando, y te amarramos para que te encontrara.»”.

El sueño de Rulfo es elemental para entender como entra el elemento onírico en la construcción de la atmósfera porque define el tono del cuento. Tal vez porque lo onírico es lo más cercano a ese estado fantasmal en el que sobreviven los personajes del cuento. En rigor, la protagonista del cuento es Luvina; el narrador, el otro maestro y los habitantes de Luvina son personajes secundarios. 

El cuento está narrado desde la poética tan característica que crea Rulfo y que tendrá tanta influencia en la escritura latinoamericana. En esta prosa poética hay que destacar el ritmo con el que se narra lo sensorial, tanto en lo auditivo como en lo visual como elementos fundamentales para construir esa tristeza, esa desolación, esa desesperanza en la que la construcción de la mujer es particularmente atractiva porque son tan pasivas que las naturaliza: en ellas los hombres cada año plantan un hijo. Aparecen enlutadas, con “sus figuras negras sobre el fondo negro de la noche”, y enraizadas en una realidad desgarradora.

El lector se queda impactado con la aceptación de esa realidad dura y cruel. En este cuento, como en pocos, Rulfo explica esa resignación tan fatal y tan lejana al sentimentalismo. La gente permanece en Luvina porque allí están sus muertos. La cosmogonía que se crea se siente como algo eterno, como fuera del tiempo de la acción. El tiempo en Luvina es, como señaló Coddou, un tiempo interior, vivido en lo más profundo de las conciencias y que ayuda a comprender la muerte. Y, podríamos agregar, la subsistencia.

Con estas observaciones en el horizonte de expectativas, pasamos ahora a la representación de  fragmentos de Luvina:

¿Quién supera esta profecía con efectos retroactivos, el relato de la agonía secular de pueblos y seres, del fin de los tiempos que cristaliza en el polvo de las persecuciones? ¿Quién reconstruirá mejor este infierno al pie de la letra, en donde conviene pensar cosas agradables “porque vamos a estar mucho tiempo enterrados”?

“Ya mirará usted ese viento que sopla sobre Luvina. Es pardo. Dicen que porque arrastra arena de volcán; pero lo cierto es que es un aire negro. Ya lo verá usted. Se planta en Luvina prendiéndose de las cosas como si las mordiera. Y sobran días en que se lleva el techo de las casas como si se llevara un sombrero de petate, dejando los paredones lisos, descobijados. Luego rasca como si tuviera uñas: uno lo oye mañana y tarde, hora tras hora, sin descanso, raspando las paredes, arrancando tecatas de tierra, escarbando con su pala picuda por debajo de las puertas, hasta sentirlo bullir dentro de uno como si se pusiera a remover los goznes de nuestros mismos huesos. Ya lo verá usted.”

—Pues sí, como le estaba diciendo. Allá llueve poco. A mediados de año llegan unas cuantas tormentas que azotan la tierra y la desgarran, dejando nada más el pedregal flotando encima del tepetate. Es bueno ver entonces cómo se arrastran las nubes, cómo andan de un cerro a otro dando tumbos como si fueran vejigas infladas; rebotando y pegando de truenos igual que si se quebraran en el filo de las barrancas. Pero después de diez o doce días se van y no regresan sino al año siguiente, y a veces se da el caso de que no regresen en varios años.

—Por cualquier lado que se le mire. Luvina es un lugar muy triste. Usted que va para allá se dará cuenta. Yo diría que es el lugar donde anida la tristeza. Donde no se conoce la sonrisa, como si a toda la gente le hubieran entablado la cara. Y usted, si quiere puede ver esa tristeza a la hora que quiera. El aire que allí sopla la revuelve, pero no se la lleva nunca. Está allí como si allí hubiera nacido. Y hasta que se puede probar y sentir, porque está siempre encima de uno, apretada contra de uno, y porque es oprimente como un gran cataplasma sobre la viva carne del corazón. 

“Dicen los de allí que cuando llena la luna, ven de bulto la figura del viento recorriendo las calles de Luvina, llevando a rastras una cobija negra; pero yo siempre lo que llegué a ver cuando había luna en Luvina,fue la image del desconsuelo…siempre.

“Pero al rato oí yo también. Era como un aletear de murciélagos en la oscuridad, muy cerca de nosotros. De murciélagos de grandes alas que rozaban el suelo. Me levanté y se oyó el aletear más fuerte, como si parvada de murciélagos se hubiera espantado y volara hacia los agujeros de las puertas y las vi. Vi a todas las mujeres de Luvina con su cántaro al hombro, con el rebozo colgado de su cabeza y sus figuras negras sobre el negro fondo de la noche.   “—¿Qué quieren?— les pregunté— ¿Qué buscan a estas horas?   ” Una de ellas respondió:  “—Vamos por agua.   “Las vi paradas frente a mí, mirándome. Luego como si fueran sombras, echaron a caminar calle abajo con sus negros cántaros

“Tú nos quieres decir que dejemos Luvina porque, según tú, ya estuvo bueno de aguantar hambres sin necesidad —me dijeron—. Pero si nosotros nos vamos, Quién se llevará a nuestros muertos? Ellos viven aquí y no podemos dejarlos solos.   “Y allá siguen. Usted los verá ahora que vaya, Mascando bagazos de mezquite seco y tragándose su propia saliva. Los mirará pasar como sombras, repegados al muro de las casas. casi arrastrados por el viento.   —¿”No oyen ese viento?— Les acabé por decir—. Él acabará con ustedes.   “Dura lo que debe de durar. Es el mandato de Dios me contestaron. Malo cuando deja de hacer aire. Cuando eso sucede ,el sol se arrima mucho a Luvina y nos chupa la sangre y la poca agua que tenemos en el pellejo. El aire hace que el sol se esté allá arriba. Así es mejor.   “Ya no volví a decir nada. Me salí de Luvina y no he vuelto ni pienso regresar.   …”Pero mire las maromas que da el mundo. Usted va para allá ahora, dentro de pocas horas. Tal vez ya se cumplieron quince años que me dijeron a mí lo mismo: ‘Usted va a ir a San Juan Luvina”

Cierre

Llega la hora de cerrar, de atar cabos sobre la forma en que Rulfo inventa un lenguaje, crea una imagen de México, una cosmovisión del hombre y del mundo, y aterriza, postula sería el término correcto,  muchas ideas. Es un gran escritor que explota muchos recursos literarios que le permiten mostrar un espacio que se rige por sus propias reglas. Y siempre deja consternado al lector. Podemos leer No oyes ladrar los perros, una y otra vez, y no dejará de impactarnos. Volveremos a reírnos con El día del Derrumbe.

Como dijimos, la obra de Rulfo es un universo no se termina de abarcar. Seguirá siendo leído e interpretado. Rulfo se ubica en un contexto concreto, en un grupo, el de los más marginados, también concreto y crea una mirada, imagen, ironía,   nueva sobre esta realidad del campo para nada idealizada, de un realismo crudo, desesperanzado, desde el que reinventa una forma de entender la realidad, con su lenguaje preciso,  con su voces que siguen resonando, con sus vientos que traen el pasado al presente.

Cito a Monsivais:

No se trata de la tragedia que nos deja sin respuestas, se trata de la continuidad más realista de la gente que sigue viviendo, se trata de que los indios se van porque les han dado la tierra: son las motivaciones de quienes en soledades deshechas y rehechas por el sol, la miseria, el atraso hacen de la venganza su educación solidaria, y del crimen la continuación del trato por otros medios. Desvanecido el trasfondo épico del pueblo en armas, los personajes adquieren dudas y complejidades, son lo mismo y son algo distinto por entero, ya no lo unidimensional, sino cuerpos frágiles y fragmentos de voces que resultan modos de ejercer la conciencia y la desesperanza.

No es trágico el universo de Rulfo, no en el sentido clásico del término, porque lo trágico no se puede predecir y no se puede evitar. Juan Villoro agrega el plano ético, postula que Rulfo es una pregunta que nos sigue preguntando: qué hacemos frente a la realidad. Porque  la pobreza, el abuso, la injusticia sí se pueden prevenir y sí se pueden evitar.  En ese sentido para Villoro la escritura de Rulfo está viva, trasciende su contexto, se perpetúa más allá de la revolución y la guerra cristera.  Rulfo juega con nosotros, señala Villoro, y  da una vuelta de tuerca a la interpretación de Pedro Páramo y nos dice que ante nuestra realidad, la de hoy,  si no hacemos nada: es que somos fantasmas.

Dicho esto comenzamos la plática, pueden hacernos comentarios o realizar preguntas al equipo de esta conferencia escenificada.

(fin)

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Celebración de las letras

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