Diálogo sobre La Feria de Arreola

16agosto, 2018

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Homenaje a Juan José Arreola

Eso es lo que soy yo, en el fondo, más allá de la literatura. Soy un pueblo del sur de Jalisco

En el marco de los festejos de los Cien años del nacimiento de Arreola, Biblioteca Los Mangos publica el cuarto artículo sobre el inmortal artesano de la palabra, que continúa su existencia en nosotros: sus lectores.

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—¡Ey! ¿Qué haces?

—¡Hola! Leo… estoy terminando La Feria, la novela de Arreola

—Ah, no la leí, ¿está buena?

—Parece livianita pero es profunda.

—Es costumbrista, ¿no?

—¡No! Bueno, tiene rasgos costumbristas, hay mucho de pintoresco,  pero está lejos de ser una estampa idealizada de un pueblo… supera el costumbrismo por donde se mire… Oye, acabo de leer lo que dijo en un homenaje Hugo Gutiérrez Vega y salió en el diario: remarca que es una de las novelas más innovadoras del siglo XX, habla del amor de Arreola a su tierra y a su gente (por ahí lo costumbrista, pintoresco) señala también la crítica a las costumbres y dice que el recorrido de Arreola está lleno de “pequeñas glorias y de largas sombras”, eso es tal cual: pequeñas glorias y largas sombras…

—¿Cómo?

—Lo veo claramente en Juan Tepano, el más viejo de los tlayacanques,  cuando cree que les van a dar las tierras anda de buen humor y cuenta anécdotas, pero fuera de ese momento de ilusión toda la historia de la devolución de las tierras es una larga sombra. Creo que si tomas personaje por personaje se puede seguir ese hilo y de ahí en más sacar conclusiones sobre la visión del mundo de Arreola.

—A mí me gustan sus cuentos, es que es un maestro del género breve… hasta me sorprende que haya escrito una novela.

—Ah, pero, no sabes lo fundamental: son 288 fragmentos independientes pero, a la vez, relacionados, o sea te cuentan historias y eres tú como lector el que las va a armar…

—¿Es una novela experimental? Me hace pensar en Cortázar… se carteaban, ¿verdad? ¿Los fragmentos los contaste?

—Arreola también logró lo que Cortázar se propuso con Rayuela, reemplazar el lector pasivo por el activo, el lector tiene que armar los sentidos de los diferentes episodios… conté los fragmentos y, sí, es totalmente experimental, fundamental. Fíjate que Arreola relaciona un procedimiento que usa en La Feria con Sartre… lo cuenta en una entrevista en la que habla sobre La Feria, pero no me acuerdo si la entrevistadora era Eliana…

—Ah, esperá que la googleo…

—Va…

—¿Será la de Eliana Albala?

—Esa misma, busca la parte de Sartre, está por la mitad de la entrevista…

—Sí acá, dice:

Importantísimo fue para mí el único libro que realmente me parece muy notable, literaria y estructuralmente hablando: El aplazamiento, de Sartre, en francés Le sursis. Son fragmentos, y van de una cosa… En Sartre se consuma ese mecanismo a un grado insuperable, donde una frase que ha comenzado a decir un personaje político importantísimo en una capital europea, la continua en otra capital europea una lavandera: este es el ejemplo más aventajado de una tentativa imposible, que es dar la idea de la simultaneidad en el tiempo y la dispersión en el espacio…

—¡Sí! Y en La Feria Arreola hace eso: los fragmentos o pedazos de vida continúan en otros.

—Un ejemplo…

—Va. Hay fragmentos sobre El Ateneo, que cuentan la fundación de un círculo intelectual y literario en el pueblo con la idea de invitar diferentes escritores. Los distintos fragmentos pertenecen a distintas voces. En un fragmento cualquiera podrás leer una carta que le deja la mujer a su esposo en la que le anuncia que lo abandona y se va. Ese esposo abandonado es uno de los del círculo del ateneo y entonces el lector sabe ¡por otros fragmentos! que ese esposo anda de acá para allá con una escritora, muy de buen ver, ayudándola en su labor, que es más comercial que intelectual. Ese es el mecanismo… cuando lo leas lo vas a entender. 

—Muy bien, ¿esa es la historia principal?

—No hay una historia principal, no hay un personaje principal, o sea: no hay una historia novelada a lo Madame Bovary, para nada, aparecen un montón de personajes que narran en primera persona o que dialogan entre sí; esos monólogos, diarios o diálogos, son episodios, a veces muy íntimos, de sus vidas. El conjunto de esos episodios constituyen la novela, de ahí que la llamen novela coral. Lo que sí hay es un eje: la feria que se hace al santo patrono del pueblo, San José, al que le piden que los libere de todas las catástrofes naturales, aludiendo al volcán. Bueno, en la feria confluye todo.

—¿En qué época la sitúa?

—Por un lado, Arreola cuenta que es el Zapotlán de su infancia. Se supone que son los meses de abril a octubre hasta el día de la feria (según el relato del zapatero que se hace agricultor). Lo interesante es que irrumpen otros tiempos, y afloran las problemáticas más fuertes de la historia de Zapotlán. Por ejemplo, la novela empieza en la época novohispana y ahí ya afloran tres ejes: la evangelización, la conquista de Sayula y la inquisición (todo esto en un breve fragmento)… Después aparecen voces del tiempo de las leyes de la reforma… aparece el tiempo del reparto de las tierras, de 1902 a 1909… y el de la revolución. Hay un texto del rey ¿te lo busco?

—Ándale, sí…

—A ver… acá, dice:

Quiero que me deis satisfacción a mí y al mundo del modo de tratar estos mis vasallos… Y tengo de mandaros hacer gran cargo de las más leves omisiones en esto, por ser contra dios y contra mí, y en total ruina y destrucción destos reinos, a cuyos naturales estimo y quiero que sean tratados como lo merecen. Vasallos que tanto sirven a la monarquía y la han engrandecido y lustrado.

Yo el rey.

—Sí voy entendiendo, los fragmentos abren una multiplicidad de sentidos… ¿tenés agua fría? 

—No, pero hay hielo. Sobre lo que dices, esos sentidos habilitan diversas lecturas. Tomando la narración de los tiempos de la “refulufia” (los de la revolución) yo creo que se puede leer La Feria como epílogo del género: La novela de la revolución… hay un episodio de Villa que en pocas palabras devela la arbitrariedad y el desparpajo con el que la gente vivió la revolución… y la manera de contar, la forma que encuentra Arreola, es exacta: intercala partes de corridos…

—Volviendo al género, entonces, ¿es indefinible?

—Pienso que lo más acertado es considerar que es una novela que contiene rasgos de novelas.

—¿Novela de novelas?

—Todavía hay mucho que analizar. Por ejemplo en La Feria entra lo biográfico. Pero ese tratamiento de lo biográfico incorpora rasgos de otros géneros, ¿cómo se llama la novela de aprendizaje?

—Bildungsroman…

—Sí, gracias, lo biográfico (que entra en el niño que se confiesa y en la historia del adolescente enamorado) conforma el bildungsroman. Sin olvidar que esos episodios los puedes leer independientes de toda historia y tienen valor en sí mismos: en contenido y forma.

—Lee uno de

—Déjame buscar, creo que marqué uno que me mató risa… dice:

Me acuso, padre, de que en la imprenta donde trabajo, también hacemos el periódico de don Terencio.

-Bueno, de eso tú no tienes la culpa.

-No, pero en el último número van a salir unos versos de un militar.

-Dímelos.

-A ver si me acuerdo:

Vade retro, bandidos de sotana,

engendros de Loyola y Satanás…

-¡Qué atrocidad!

-Y cuando iban a meter a la prensa ese pliego, vi que decía enjendros con jota y yo le puse la g.

-¿Es pecado?

-No… no es pecado.

—Entiendo. Por un lado es cómico por lo ingenuo del niño, por otro lado el que sepa que Arreola trabajó en una imprenta, relaciona lo biográfico. Además está la crítica a la iglesia, a los curas…

—Sí, claro, por eso un fragmento participa en la construcción de diversos sentidos o de diferentes lecturas que se puede hacer de la obra. En la secuencia de confesiones, creo que en la última, el niño (ya más grande) le dice al cura que escribió un cuento, el cura le pide que lo lea y le dice que no, que ahí se lo deja. En otro fragmento aparece el cuento y es por demás de curioso y pícaro. 

—Léelo

—No. Después te presto el libro. Bueno no es mío… la verdad, no sé si te lo deba prestar.

—Y la historia del enamorado…

—Es un enamorado romántico, exagerado. Pero tiene un toque realista muy fuerte porque la chica, entre dimes y diretes, le dice que si la quiere tiene que esperarla un año. Y él se dice a sí mismo: pero un año es mucho: la realidad aplasta el romanticismo…

—¿Y qué decías de la religión?

—Ah, que está totalmente complejizada en la novela. Se puede analizar desde la perspectiva de la iglesia como institución, desde la devoción de la gente, desde los mitos de los tlayacanques, desde la interpretación de los profetas… una clave es la interpretación de Don Isaías, de eso nos advierte Arreola. La iglesia queda muy mal parada en muchos aspectos pero la religión está totalmente arraigada en la forma de concebir el mundo de todas las clases sociales. Mal parada sobre todo porque la iglesia se queda con tierras, hace trampa. Ya en el presente de la narración, hay un cura que simpatiza con la causa de los tlayacanques pero lo reemplazan, ponen otro cura que les da totalmente la espalda… toda esa línea se vuelve muy triste, se develan los engaños…

—Las sombras de las que hablabas…

—Sí, estas sombras que están debajo, porque en ningún momento de la novela deja de aparecer la alegría, el entusiasmo… a partir de lo cómico, de la ironía y de la singularidad de los personajes.

—Es más fuerte la sombra…

—Es muy interesante como Arreola en las sombras construye la idea de injusticia. 

—La voy a leer y profundizaremos la plática…

—Creo que en el próximo diálogo voy a defender la tesis de que La Feria es una novela crítica que necesita lo dialógico, lo polifónico, lo experimental, lo biográfico, lo pintoresco etc. para poder develar la compleja concepción del mundo de lo que aparenta ser un simple pueblo…

—Yo voy a interpretar todo bajo la metáfora del volcán. ¿Te falta mucho para terminar, ya me la quiero llevar?

—Hay que leerla más de una vez… es que está todo: lo político, lo sagrado, lo profano, lo social, lo económico, lo cultural. La amenaza constante de la catástrofe natural… La novela es la voz del pueblo con sus amores, simpatías, brutalidades, ambiciones, pasiones…

—Me quedó un frase, la dijo Arreola en la entrevista de Eliana Albala que te medio te leí: “Soy un pueblo del sur de Jalisco”.

—Esa parte no me la leíste…

—A ver… Acá la tengo, dice:

Eso es lo que soy yo, en el fondo, más allá de la literatura. Soy un pueblo del sur de Jalisco, y naturalmente que allá -como en todos los lugares que se le asemejan, no solo de México sino de todo el mundo- pues hay los personajes que siempre tienen sobrenombres.

—Me fascina esa idea de que Arreola es un pueblo del sur…

—Espérate, te venía a preguntar algo…

—Porque no es el pueblo, ese es el nivel de ficción, entiendes: es Arreola, el autor crea  las voces de Zapotlán. El uso de la oralidad, la variedad de registros, la agudeza para usar la palabra precisa… para mostrar las diferentes concepciones del mundo dentro del pequeño pueblo… la forma de yuxtaponer los planos temporales.

—Ya casi me tengo que ir, te quiero hacer una pregunta.

—Sí, yo también te quiero preguntar algo, quien dijo eso de describe tu aldea y describirás el universo

—Tolstoi, y sí, Zapotlán es una aldea y es, a la vez, un universo…

—Bien leído es un universo, es universal la idea de injusticia, la pasión humana… pero claro, está también toda la idiosincrasia…

—Me encanta esa palabra.

La Feria es tan universal como la injusticia

—Y tan arreoliana como Confabulario.

—¿Qué me querías preguntar?

—Ya me olvidé. Oye, en este artículo René Avilés Fabila dice: “siempre hay un escritor que nos impresiona y se queda con nosotros de modo indeleble”.

—Sí, Arreola se queda.

Yamila Casella, 11 de agosto

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Celebración de las letras

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